Después de una floja Vicky Cristina Barcelona, el genio de las gafas
vuelve a meternos en sus obsesiones: el sexo, la atracción por las
jovencitas, el ensalzamiento del “vivir el momento”, etc.
El
actor Larry David es su alter ego en la pantalla y habla directamente
al público de la sala delante de sus amigos para explicarnos su
historia, la de un señor maduro que odia al ser humano porque considera
que todos somos idiotas, aburridos, y con bajo coeficiente intelectual,
a diferencia de él mismo, claro, que se considera un genio. Y eso es lo
que le dice este hombre (Boris Yelnikoff se llama) a una joven que se
encuentra en las puertas de su casa pidiéndole algo para comer, Melody.
La acoge, la deja vivir en su casa y a pesar de dejarle claro que lo
suyo es imposible porque la considera una paleta del sur, termina
casándose con ella.
Posteriormente, cuando los padres de Melody
vayan a Nueva York buscando, por distintos motivos, a su hija, todos
cambiarán. Melody conocerá a un joven apuesto y dejará a Boris, su
madre descubrirá que es una gran fotógrafa y vivirá un menage a trois,
y su padre se dará cuenta de que siempre ha sido homosexual. El propio
Boris, después de su segundo intento de suicidio, caerá encima de una
vidente con la que también iniciará una relación. Todos juntos celebran
el año nuevo, es decir, “un día más que les acerca a la tumba” y que
según Yelnikoff no habría que celebrar.
“Si la cosa funciona,
hay que aprovechar ese momento”, ese es el mensaje que parece querernos
transmitir Allen, en poco más de hora y media.
Nos encontramos
con el genio judío de las películas que le hicieron famoso y sus
incondicionales estarán contentos. Los que no lo aguantan, no creo que
la soporten mucho.
Personalmente, creo que es una lograda
comedia, con diálogos inteligentes que arrancan nuestra media sonrisa
en vez de la carcajada y con recursos que todavía hoy siguen teniendo
su gancho, como el protagonista charlando con nosotros nada más llegar
al cine.
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