
Western con tintes humorísticos
rayando en el cinismo, con motín carcelario y acertada lectura del alma
humana, con “El día de los tramposos”, Mankiewicz demuestra toda su
sabiduría cinematográfica. Se apoya en la gran labor interpretativa de
Kirk Douglas , en el papel de un ladrón y criminal sin escrúpulos que
no duda en traicionar a todo el que tiene delante para conseguir el
botín que ha escondido en un agujero del desierto, y de Henry Fonda,
que representa a un alcaide de prisión justo, que quiere mejorar la
vida de los reclusos y cree en la reinserción social.
El
tono de la película es divertido, el canalla París Pitman ((Kirk
Douglas) cae bien, hay que decirlo, y tiene carisma de líder. Nos
conquista con su sonrisa y parece que le perdonamos su mal fondo. De
hecho, el público de la sala se ríe con él.
El alcaide Lopeman (Henry Fonda) es, en cambio, un hombre serio, recto, y a veces parece aburrido, pero también cae bien.
Se
plantea así un duelo entre los dos hombres, que tienen intereses
contrapuestos, el uno, la codicia por el dinero, el otro, la idea de
mejorar la cárcel del desierto de Arizona, construir comedores y
hospitales nuevos para los presos y cambiar, en definitiva, la
orientación del penal, antes dirigido por un funcionario corrupto.
Lo
que se cuece detrás es más profundo, es la lucha entre el bien y el
mal. Pitman es un diablo simpático y Lopeman es un hombre
experimentado, símbolo de la justicia, la honradez, y de el hacer las
cosas bien.
¿Quién triunfa? Pues aparentemente triunfa el bueno,
pero se nos desmorona, quizá, la idea que tenemos de él en la última
escena. Y digo quizá, porque se puede pensar que el alcaide no hace más
que lo que muchos de nosotros pensaríamos hacer, darnos la buena vida y
no pensar tanto en los demás.
El grupo de condenados está
magistralmente definido. Existe el joven que ha cometido un pequeño
desliz y que sin embargo tiene una pena excesiva, la pareja de
farsantes embusteros que se hace pasar por reverendo y mudo y que por
ello acaban en la cárcel, el chino con demasiado cuerpo y poco cerebro,
el veterano recluido durante años, etc.
Y a todos ellos dirige
París, Kirk Douglas, una suerte de Robin Hood pero en plan malvado,
porque los engaña y traiciona a todos en busca de los 500 mil dólares
que tiene enterrados, nada más y nada menos, que en un pozo con
serpientes de cascabel.
Entre los carceleros también hay de
todo, desde el pervertido guardián que quiere dar un trato de favor al
joven, a cambio de …(ya imaginan), hasta los férreos vigilantes de las
armas o el gordinflón al que se le rajan los pantalones en plena visita
del gobernador.
El toque distintivo de Mankiewicz se nota, en
fin, en la película en todos los aspectos, y la convierte en una gran y
entretenidísima obra maestra del comienzo de los 70.
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